yo soy ai
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Free - Cap 1 Parte 2

Clasificación: R-0

Capitulo 1 Parte 2

Al amanecer, a pesar de encontrarse realmente cansadas, decidieron salir a dar un paseo con el perro, que felizmente correteaba por el camping. Risa, con las manos en sus bolsillos, caminaba lentamente junto a Ai, que observaba todo lo que le rodeaba maravillada. Había tantas cosas que no había visto anteriormente; gente de diferentes culturas, maneras diferentes de llevar las cosas a cabo…
-Todo esto es fascinante – comentó Ai, sonriente.
- Es la primera vez que vienes de camping ¿verdad?
- Sí; mi marido no me llevaba a ningún sitio. A veces se iba él solo con la caravana y me dejaba a mí en casa cuidando de G-Dragon.  Llevo tres años sin disfrutar de la luz del sol. Sólo salía para ir a hacer la compra.
- Debió de ser horrible – dijo Risa, deteniéndose y poniendo su mano en la mejilla de Ai, que al notarlo se detuvo a su lado.
- Lo fue – admitió Ai, acariciando el largo cabello de Risa-, pero ahora estoy bien, que es lo que importa.
Risa la tomó por la cintura y la besó dulcemente. Ai sonrió y le devolvió el beso. Los campistas de su alrededor se quedaron boquiabiertos mirándolas. Ambas rieron y continuaron caminando.
-A mí no me gusta ir de camping. Me da claustrofobia. Es de lo peor – dijo Risa.
- Tal vez no te guste porque acampas con la gente equivocada.
- Sí, tal vez sea por eso – sonrió. Siguieron andando, pasando por delante de una familia alemana que estaba preparando el desayuno.
- Yo tampoco tengo una familia de la que me sienta especialmente orgullosa – comentó Ai-. Yo diría que lo que tenía no era realmente una familia. Me obligaron a casarme con aquel hombre. Parecía que querían deshacerse de mí como fuese.
- Comprendo perfectamente lo que sientes. Mis padres me han obligado a hacer un montón de cosas que yo no he querido. Soy como… la cenicienta, pero sin madrastras ni hadas madrinas.
- Es curioso; yo me he descrito a mí misma muchas veces también como una cenicienta.
- Tenemos más cosas en común que las que creíamos – sonrió Risa, pasando su brazo por la cintura de Ai. Ésta apoyó su cabeza en su hombro y continuaron caminando.
- Eso parece.

Segundos más tarde se dieron cuenta de que ya estaban frente a la autocaravana. El perro estaba frente a la puerta, arañándola con ansias de poder entrar. Ambas sonrieron y Ai se apresuró a abrir la puerta. G-Dragon entró de un salto y luego, más cuidadosamente, entraron ellas.
- Bueno, todavía es bastante pronto; ¿qué quieres que hagamos antes de comer? – preguntó Ai, cogiendo la mano de Risa.
- No lo sé; ¿qué quieres hacer tú?
Unas pocas lágrimas salieron de los ojos de Ai al escuchar lo que había dicho su compañera.
-¿Puedes repetirlo? – le pidió. Risa, con una sonrisa, se acercó a Ai y puso sus manos en sus caderas.
- ¿Qué quieres hacer, Ai? – repitió. Ai dejó caer unas cuantas lágrimas más y besó a Risa.
- Gracias… Llevo tanto tiempo esperando escuchar esa frase… - murmuró. Risa asintió en silencio.
- Te entiendo perfectamente.

Se tumbaron en la cama de nuevo, pero esta vez ambas miraban por la ventana que había en el techo, que dejaba ver el cielo azul y alguna que otra nube. Risa volvió la vista a Ai y le acarició la mejilla.
- ¿Cuánto tiempo te vas a quedar?
- No lo sé. No tengo nada planeado.
- Yo me voy pasado mañana… - murmuró Risa,  volviendo la vista a sus manos. Ai la miró y sintió ganas de llorar. Risa era la única que la entendía, a parte de su perro, ¿cómo iba a poder sobrevivir sin ella?
- Pero ¿qué pasa conmigo? – preguntó. Risa la miró y le sonrió.
- Tranquila; tenemos hoy y mañana para pensar cómo hacer que yo me quede contigo. Algo se nos ocurrirá.
- Eso espero. Yo no quiero que te vayas… eres lo único que tengo – susurró. En ese instante, el perro ladró-. Aparte de él, claro está.
- Tranquila – sonrió-. Yo no me iré de tu lado.

Continuaron conversando, compartiendo caricias, besos y algún que otro abrazo hasta la hora de comer. Dejaron a G-Dragon en la caravana y fueron a buscar un restaurante.
Ai sólo disponía del dinero suficiente para pagar dos menús en el McDonalds cercano al camping. Risa quiso pagarlo por las dos, pero Ai insistió.
-Es la primera vez que salgo en tres años. Quiero hacer las cosas por mí misma – sonrió. Risa asintió y dejó que pagara los dos Happy Meals. Ai lo eligió porque le parecía el más original, además del más barato. Buscaron una mesa libre y se sentaron la una frente a la otra. Risa observó atentamente como Ai examinaba cada cosa que encontraba en la caja sorpresa. Le recordaba a una niña pequeña.
- ¡Hey! No sabía que tenía un regalo dentro – exclamó, emocionada-. ¿Qué es?
- Es una pistola de agua de Hello! Kitty.
- ¿Hello Kitty? Es muy mono. Me gustaría tener más cosas así – sonrió, apuntando a Risa con la pistola.
- ¿No conocías a Hello Kitty?
- No; ni idea que existía – se encogió de hombros y siguió sacando cosas de la caja-. Hey, se han equivocado. Me han puesto una patata diferente en mi bolsa de patatas.
- Es una patata deluxe; la ponen con las patatas normales para que las pruebes y las compres en otra ocasión, aunque fingen que ha sido un accidente.
- ¡Vaya, eso es muy frívolo! – sacó la hamburguesa y miró a Risa-. ¿Qué? ¿No abres tu caja?
- ¡Ah! Sí, perdona – sonrió-. Me había quedado tanto tiempo mirándote que había olvidado que tenía mi propia comida.
- Eres una monada – comentó. Risa se sonrojó un poco y abrió su Happy Meal para sacar todo lo que tenía en su interior. Comenzaron a comer en silencio.
- ¿En serio no conocías a Hello Kitty? – preguntó. Ai asintió y siguió comiendo-. Pero tu perro se llama G-Dragon, como el cantante coreano. ¿Cómo podías conocer a ese cantante y no a Hello Kitty?
- La verdad – Ai tragó lo que estaba masticando- es que yo no lo conocía. Yo encontré a G-Dragon abandonado en la calle, dentro de una caja, cuando volvía del supermercado. Su nombre estaba escrito en un trozo de cartón. Al verlo, se me enterneció el corazón y me lo llevé. A mi marido no le hizo ninguna gracia, pero al final aceptó que me lo quedara.
- Así que ¿tú no sabes quién es G-Dragon?
- Sé algo de él. Sé que forma parte de un grupo, Big Bang, y que es bastante popular. De él sólo he visto el vídeo de Heart Breaker.
- Vaya – murmuró Risa, comiendo una patata-. Si quieres, te puedo enseñar más sobre él. No lo escucho mucho, pero si sientes interés en él…
- No, no hace falta – sonrió-. Conozco otros grupos que me gustan más. Pero… sí, hay muchas cosas que me gustaría que me enseñaras.
- Será todo un placer enseñártelas – contestó, sonriente.
- ¿Qué es esta cosa rosa?
- Se llama Petit suise. Es el postre que has elegido. Sabe a fresa. Está bastante rico.
- Nunca lo había visto. En mi casa no tenía postre. Mi madre decía que el postre era de pecadores, y cuando me case, mi marido decía que yo no me merecía un postre.
- Pues, ahora nadie te va a impedir que tengas un postre – dijo Risa, abriendo el Petit suise y cogiendo un poco con la cuchara de plástico-. Abre la boca.
Ai obedeció y Risa introdujo la cucharilla en su boca. Ésta, al saborearlo, sonrió abiertamente.
-¡Está riquísimo! Ahora déjame a mí probar – cogió la cucharilla de la mano de Risa y le dio una cucharada a la boca-. ¿Verdad que está rico?
- Lo está, lo está – admitió, sonriente.
- ¡A partir de ahora compraremos esto a diario! – exclamó, entusiasmada-. Ah, olvidé terminarme lo demás antes del postre.
- No pasa nada – dijo-. Esto… Hay algo que no sé cómo preguntarte.
- ¿Qué es?
- ¿Cómo pudiste conducir la autocaravana? Me refiero, seguro que fueron muchos kilómetros, y…
- Mi padre me enseñó a conducir. Dijo que era lo primero que toda buena esposa debía saber hacer.
- Ese imbécil…
- Pero no te preocupes. Si no fuera por él, ahora no estaría aquí.
- ¿Y tienes carnet de conducir?
- ¿La verdad? Lo tengo, pero no aquí. Lo dejé en casa. Fue muy estúpido, lo sé, pero se me olvidó por completo.
- No importa. Al fin y al cabo, estás aquí, y es lo que importa – sonrió. Ai le devolvió la sonrisa y comió una patata.
- Bueno, estoy hablando mucho. Dime algo de ti.
- ¿Qué decir? Yo… estudio Derecho, como mi padre, pero no me gusta nada. Me obligaron a estudiar esa carrera y la verdad es que no me siento nada cómoda.
- ¿Qué manía tienen los padres con controlar la vida de los demás?
- Eso es lo que pienso yo, Ai - sonrió-. Pero no puedo hacer nada. He intentado escapar de casa en más de una ocasión, pero siempre me han pillado.
- La verdad es que escapar de casa no es nada fácil – comentó-. Pero, si se tienen los medios necesarios, se puede hacer.
- Me gustaría escapar contigo – dijo, seriamente, provocando la amplia sonrisa de su compañera. Ai cogió una patata y la puso en los labios de Risa.
- Y a mí también – contestó. Risa sonrió y comió la patata que Ai le ofrecía.

Continuaron hablando y comiendo hasta que hubieron terminado. Una vez acabada la comida, volvieron a la autocaravana, donde un impaciente G-Dragon esperaba su comida. Risa le dio las patatas que había guardado especialmente para él.

-Y ¿qué hacemos ahora, Risa? – preguntó Ai, lanzando un bostezo.
- Creo que tú misma te has respondido – sonrió-. Será mejor que duermas un poco. Llevas mucho tiempo despierta.
- Tienes razón. Será mejor que vayamos a dormir – dijo, cogiendo a Risa de la mano y llevándola al dormitorio. Ésta rió y miró de reojo al perro, que parecía feliz con las patatas que le había dado.
- Buenas noches, G-Dragon – dijo dulcemente, tumbándose junto a Ai-. Y buenas noches, preciosa.
- Buenas tardes, Risa – rió, dejando un beso en sus labios-. Duerme bien.
- Igualmente.

Ambas debían estar bastante cansadas, pues estuvieron durmiendo hasta el amanecer, cuando G-Dragon comenzó a lamer la mejilla de Risa. Ésta sonrió y vio a Ai, acurrucada a su lado. Se veía preciosa de esa manera. Pensó en prepararle la comida, pero recordó que no tenía nada para cocinar. Con sumo cuidado, Risa salió de la cama sin despertar a Ai y salió de la caravana. Con decisión, fue a la tienda de campaña de sus padres, que aún dormían y cogió la cartera de su padre y la de su madre. Cogió todo el dinero que tenían, que era bastante, y la tarjeta de crédito de la empresa de su padre. Salió silenciosamente de la tienda y se dirigió a la entrada del camping, donde había un pequeño supermercado. Hizo una pequeña lista mental de lo que tenía que comprar y entró.

Después de realizar todas las compras, salió del establecimiento y se encontró con un hombre muy extraño que le parecía haber visto en algún otro lugar. Pensó en ignorarlo y volver a la autocaravana, pero él se acercó a ella.
- Perdone que la moleste – dijo-, pero ¿conoce usted a esta mujer?
Sacó una foto de su bolsillo. Era una mujer de cabello corto. Los ojos de Risa se abrieron como platos al reconocer quién era.
- Es una foto de hace mucho tiempo. Ahora tiene el pelo más largo. Ha venido aquí en una autocaravana azul.
- ¿Quién es? – preguntó débilmente.
- ¿Yo? Soy Takeshi, y la chica de la foto, es mía, mi mujer. Se llama Ai Takahashi – dijo.
Risa se quedó impactada. No se esperaba encontrarse con el esposo de Ai frente a frente.
-¿La has visto o qué? – le preguntó, enfadado.
- Yo… - murmuró. Risa no era capaz de decir ni una palabra.
- ¡Contéstame! ¡No tengo tiempo que perder! Esa indeseada se ha marchado, dejándome solo en casa ¡y necesito una explicación! – le gritó, agarrándola por el cuello de la camisa. Risa no fue capaz de decirle nada-. ¡¿La has visto o no?!
- ¿Has visto tú esto? – preguntó Risa, señalando a Bill, el dueño del camping. El hombre volvió la vista para mirarlo, y ella aprovechó esto para golpearle con su puño. Él cayó al suelo y Risa salió corriendo hacia la caravana. Trató de abrir la puerta, pero estaba cerrada. Soltando las bolsas, golpeó la puerta con su puño-. ¡Ai-chan, abre la puerta!

La puerta se abrió y una llorosa Ai abrió la puerta.
-¡Risa! Pensé que te habías ido… me sentí tan sola.
- Te besaría, pero ¡no hay tiempo! Tu marido te está buscando.
- ¡¿Qué?! – exclamó.
- ¡Te lo explicaré luego! No hay tiempo que perder. Guarda esto – dijo, entregándole las bolsas-. Iré a quitar las patas de la caravana. Tú encárgate de desconectar la red eléctrica y el agua.
- ¡De acuerdo! – exclamó, dejando las bolsas dentro del armario de la ropa y corriendo tras Risa.

Apresuradamente, fue quitando cada pata de la caravana con las manos. Ai desconectó el cable y lo metió dentro del maletero. Lo mismo hizo con el agua. Después, fue a ayudar a Risa con las patas.
- ¡Anda! ¿Ya te vas? – preguntó alguien. Risa volvió la vista; eran sus padres-. Has sido muy amable cuidando de nuestra hija. Sabemos que sólo ha sido una carga para ti, pero agradecemos tu ayuda.
- … - Ai no dijo nada, estaba muy ocupada quitando las patas de la caravana.
- Así que ¿te marchas ya? Has estado muy poco tiempo aquí – comentó la madre de Risa-. Supongo que estar con nuestra Risa hace huir a cualquiera.
- ¡CALLESE! – le gritó Ai-. Su hija es lo mejor de este jodido mundo, así que no permitiré que digáis nada más sobre ella.
- Ai, no tenemos tiempo para discutir, ¡ayúdame! – exclamó Risa, tratando de quitar la última pata. Ai se apresuró a ayudarla, pero por mucha fuerza que hicieran, no pudieron levantarla.
- ¡TAKAHASHI! – gritó alguien a lo lejos. Ai se congeló al oír esa voz. Risa, al oírlo, siguió tirando de la pata, tratando levantarla.
- Vamos, vamos, vamos – murmuró. Entonces, la pata se levantó. Ai corrió al interior de la caravana.
- Así que ¿se marcha? – preguntó el padre de Risa.
- Sí – contestó Risa, entrando en la autocaravana-, y yo, también.
- ¡Risa! – se le oyó exclamar a su madre. Cerró la puerta de la caravana y se sentó en el asiento de copiloto. Ai trataba de arrancarlo, pero no podía.
- Vamos, tú puedes – le dijo Risa, y entonces escucharon el sonido del motor al arrancarse.
- ¡Menos mal! – exclamó, arrancando el coche y saliendo de su plaza.
- ¡TAKAHASHI! – se escuchó gritar al marido de Ai, golpeando la puerta de la caravana-. ¡ABRE Y MÍRAME A LA CARA, IMBÉCIL!
- ¡Vamos, salgamos de aquí! – dijo Ai, cambiando de marcha y conduciendo hacia la salida. El marido de Ai los perseguía, corriendo junto a la autocaravana. Se iba quedando lejos, pero igualmente las seguía muy de cerca.
- Tienes que acelerar – le dijo Risa-. No podemos esperar a que nos abran la valla de seguridad.
- Pero… me sentiré mal por el pequeño Bill – murmuró-.
- Luego le mandaremos dinero para que lo arregle, pero no tenemos otra salida. Acelera, Ai, acelera.
- De acuerdo – dijo, pisando el acelerador y cerrando los ojos. Segundos después notó cómo la caravana se chocaba contra algo y lo destrozaba. Volvió a abrir los ojos; se encontraba en la carretera.Por el retrovisor vio al pequeño Bill, alzando su puño furioso, y a su marido, que se había caído al suelo y les tiraba piedras desde lo lejos. Sonrió. Se sintió feliz por haberlo dejado atrás una vez más.
- ¡Lo conseguiste! – le dijo Risa, besándole la mejilla y abrazándola.
- Lo conseguimos – corrigió, besando una de sus manos-. No lo habría conseguido sin ti. Gracias, gracias, gracias.
- Gracias a ti. Si no fuera por ti, seguiría con mi odiosa familia.
- Eran realmente odiosos ¿eh? Pensaba que exagerabas, pero ya veo que no.
- Pues ya no más – sonrió-. No más marido, no más familia… Sólo tú y yo, y la carretera.
- Pero ¿cómo vamos a vivir? – preguntó, incorporándose a la autopista.
- ¿Qué te parece si por ahora vivimos con esto? – dijo Risa, sacando un fajo de billetes de su bolsillo.
- ¡Increíble! ¿De dónde lo has sacado?
- Digamos que se lo cogí prestado a gente que me debía mucho – volvió a guardarlo en su bolsillo. Ai rió y se acomodó en su asiento.

- Nunca me había sentido tan libre.

Y así comenzó la primera aventura de Ai, junto a su perro G-Dragon y a una desconocida que no tardaría en conocer del todo.


Free [New Fic!] Capitulo 1 Parte 1

Clasificación: R-0

Nota de autora: Sí, ya sé que últimamente estoy escribiendo demasiado. Siento invadir tanto el blog xD Pero esta historia me gusta bastante, y no quería quedármela para mí misma. ¡Disfrutarla, por favor!

Capitulo Uno Parte Uno

Parecía que Ai Takahashi, a sus 25 años de edad, tenía la vida resuelta: marido, una enorme casa y un perro llamado G-Dragon. No había nada que pudiera desear. Bueno, en realidad sí había algo; Ai, deseaba con toda su alma ser feliz, y la verdad era que, estando al lado de Takeshi, un hombre de unos cincuenta años, obsesivo y estúpido, con el que se había casado sólo porque sus padres la habían obligado, no era para nada feliz. Lo único que podía hacer era limpiar la casa cual esclava mientras él trabajaba, y esperar a que llegara la noche para prepararle la cena y que éste le riñera por no haberle recibido “como dios manda”. Alguna que otra vez había sido forzada a mantener relaciones con él, pero siempre contra su voluntad y normalmente pensando en otra cosa.

Era sábado por la mañana. Ai se despertó temprano aquel día. Sabía que su marido descansaría hasta llegado el mediodía como hacía cada fin de semana. Se dirigió a la cocina para preparar el desayuno, pero de camino a allí, vio algo sobre la mesa de la sala que llamó su atención. Se acercó a la mesa y lo cogió en sus manos. Sonrió y lo metió en su bolsillo. Fue corriendo a la cocina, donde se encontraba como siempre su fiel compañero G-Dragon, durmiendo sobre su pequeño colchón. Al verla entrar, se levantó rápidamente y moviendo su cola le saludó. Ella puso su mano delante de su hocico y éste le dedicó uno o dos lametones. Ai se arrodilló frente a él y le habló dulcemente.

- Hoy nos vamos tú y yo – le susurró mientras le acariciaba la cabeza-. Sí, tú y yo. A vivir una aventura. No, Takeshi no vendrá. Sólo tú y yo ¿a que te gusta la idea? – le preguntó, y ella misma movió la cabeza del perro, fingiendo que asentía-. Muy bien, así me gusta.

Se levantó y sacó el objeto que segundos antes había metido en su bolsillo. Eran las llaves de la autocaravana de su marido. El perro ladró, moviendo el rabo de lado a lado. Ai se llevó un dedo a los labios y le pidió silencio. Se dirigió a la puerta y, tras coger su chaqueta y asegurarse de que G-Dragon la seguía, salió de casa con decisión.

Ambos corrieron hacia donde estaba aparcada la autocaravana, que no estaba muy lejos de allí. Era una preciosa autocaravana de color azul, equipada perfectamente para una nueva vida. Ai abrió la puerta del auto y entró. Una vez dentro, ayudó a su amigo a subir y lo llevó al pequeño dormitorio que había al fondo de la caravana. Se aseguró de que G-Dragon estaba cómodamente tumbado sobre la cama y se dirigió al asiento del conductor. Nunca había conducido nada parecido, pero se sentía capaz de hacerlo. Se sentó y, poniendo la llave en el contacto, arrancó el vehiculo y salió del lugar para iniciar su primera aventura.

Condujo sin dirección durante horas, pasando peajes, zonas de descanso y demás ciudades cercanas. Se sentía libre; era libre. Ya no tenía que pasar más días junto a un hombre al que no quería. Podía hacer todo aquello que quisiese.

Sin darse si quiera cuenta, comenzó a anochecer, y sus tripas comenzaron a sonar. Incluso G-Dragon comenzaba a quejarse y a aullar. Ai decidió que era momento de detenerse, y justo delante de ella vio un cartel en el que decía “A trescientos metros, camping La Libertad”. El nombre le sonó más que bien, así que, a trescientos metros, se desvió de la autovía y tomó la salida hacia el camping. En la entrada del camping encontró a un hombre bigotudo, que la saludó amablemente sacudiendo su mano. No tenía rasgos asiáticos, lo cual llamó mucho su atención. Detuvo el vehículo y bajó la ventanilla para saludar a aquel amable señor.

- ¡Bienvenida, señorita! – dijo con un acento extraño-. Soy el pequeño Bill, el dueño del camping. ¿Quiere usted registrarse? Sólo nos llevará unos minutos.
- Claro – dijo, quitando la llave del contacto y bajándose de la autocaravana. El hombre la acompañó a la oficina y allí tomó su nombre, su dirección, su número de matrícula… toda la información necesaria para registrarse. En cuestión de minutos, el registro ya estaba hecho. El hombre le indicó dónde debía poner su autocaravana y se despidió de ella con un apretón de manos. Ai volvió a su autocaravana y arrancó el motor. Aparcó dónde le había indicado aquel hombre y se bajó nuevamente de su vehículo. Había aparcado al lado de una familia muy agradable, que estaba cenando al lado de una hoguera.

- Que aproveche – dijo Ai amablemente a sus nuevos vecinos mientras bajaba de su autocaravana.
- ¡Gracias! – dijeron ellos. Todos, menos una chica que aparentemente tenía la misma edad que Ai, que se había quedado mirando a aquella desconocida. Por un momento, sus miradas se encontraron, pero se desviaron rápidamente. Ai no sabía exactamente qué es lo que debía hacer a continuación. Nunca había ido en caravana. Pensó en pedir ayuda a sus vecinos, pero eso le daba mucha vergüenza. Justo cuando iba a volver a entrar en su caravana, vio que la chica que antes se había quedado mirándola se encontraba ahora a su lado.
- ¿Necesitas ayuda? – preguntó dulcemente. Ai se alejó un poco y le sonrió.
- Honestamente… sí, la necesito – contestó, y luego soltó una pequeña carcajada-. Es la primera vez que salgo con la caravana y…
- Entiendo – sonrió ella-, pero ¿no te explicaron cómo iba todo cuando la compraste?
- Eeeh... cuando la compré…. – titubeó-. Ehh… No, no me explicaron nada, ja, ja, ja.
- Vaya, es raro – contestó, frunciendo el ceño-. ¿Quieres que lo descubramos juntas?
Ai se quedó mirando a la chica, maravillada por su belleza. Nunca en su vida había visto a una mujer así. Tenía el cabello largo, un poco más largo que el suyo, pero de un color similar. Parece ser que se quedó observándola demasiado tiempo, pues ésta parecía impaciente por conseguir una respuesta.
- ¡AH! Perdón, sí, claro, descubrámoslo juntas – dijo, nerviosa-. Lo de la caravana, claro está.
- Perfecto – sonrió ella tiernamente-. Me llamo Risa, por cierto. Risa Niigaki.
- Yo soy Ai, Ai Takahashi – estrechó la mano con aquella chica, y notó que sus manos estaban muy frías.
- Un nombre precioso – comentó-. Bueno, primero hay que ponerle las patas a la caravana para que no se ande moviendo. Te ayudaré.

Abrió el maletero de la autocaravana y sacó una especie de palanca y una linterna, ya que estaba anocheciendo y apenas se podía ver nada.

- Vale, tú alumbra esta zona de aquí mientras yo saco las patas de la autocaravana – le dijo, entregándole la linterna. Ai obedeció y alumbró donde Risa le indicaba. Así estuvieron un buen rato, hasta que terminaron de colocar todas las patas.
- Y ahora ¿qué hay que hacer? – preguntó Ai.
- Hay que conectar la caravana a la red eléctrica y a la corriente de agua. Hay una especie de manguera por ahí; ponla en ese agujero que allí. Mientras, yo me encargaré de conectar la caravana a la red eléctrica – le informó Risa, sacando unos cables del maletero de la autocaravana. Los desenredó y conectó uno de los extremos al enchufe de la caravana y el otro al generador que había a unos metros de allí. Ai no tuvo problema en poner la manguera en el sitio donde Risa le había dicho que lo pusiese.
- ¿Hay que hacer algo más? – preguntó Ai.
- No; eso es todo – sonrió Risa-. Un placer haberte ayudado.

Risa caminó lentamente hacia la tienda de campaña de sus padres, como si deseara que Ai la detuviera y le dijera que se quedara con ella. Ai tampoco quería que Risa se marchara, así que la cogió del brazo y le susurró.

- Por favor… quédate conmigo.

Risa se dio media vuelta y le sonrió.
- Eso está hecho – contestó tiernamente.
Ai se sonrojó un poco y caminó hacia la puerta de la autocaravana. Abrió la puerta y un hambriento G-Dragon las saludó. Ai entró y ayudó a Risa a entrar. Su compañera se quedó maravillada con la caravana de la chica. Era enorme y muy bonita, y además los muebles parecían muy cómodos. Ai buscó entre los armarios algo de comida para su perro, pero no encontró nada. Abrió la nevera, y allí encontró unas salchichas. Dubitativa, pensó en dárselas al perro o no. Volvió la vista a su fiel amigo. Él lo había acompañado en su locura de viaje sin rechistar. Se las había ganado. Suspiró y abrió el envoltorio. Las puso en un pequeño cuenco de plástico y lo colocó en el suelo.

- ¿Le vas a dar salchichas a tu perro? – sonrió Risa, frunciendo el ceño.
- Es que no encuentro nada más para darle – contestó Ai.
- ¿Has venido con sólo unas salchichas y una nevera llena de cervezas? – preguntó Risa, señalando la nevera que todavía seguía abierta. Ai cerró la puerta de la nevera y se dirigió a la puerta de entrada, que también cerró de un portazo. Risa le dedicó una mirada extraña.
- Por favor, siéntate – le dijo Ai. Risa, sin entender nada, se sentó en el pequeño sofá que había a forma de comedor-. Sé que no me conoces de nada, pero no creo que pueda aguantar sin decirlo… - Ai sonrió abiertamente y se sentó frente a Risa-. He escapado de casa – la cara de Risa cambió por completo-. Vivía con mi marido, y G-Dragon, nuestro perro, esclavizada y atada a una casa de la que no podía salir. Mi marido era un hombre odioso, que creía que los hombres estaban por encima de las mujeres. Y, esta mañana, encontré las llaves de la autocaravana… ¡y aquí estoy!
- Me estás tomando el pelo ¿verdad? – preguntó Risa, frunciendo el ceño.
- Ojala fuera así, amiga mía – respondió Ai-. Ojala todo fuera una mentira, una tomadura de pelo, pero es real. En realidad, no tengo ni dinero para pagar la estancia en este camping. Es deprimente. No sé qué voy a hacer con mi vida.
- Me dejas de piedra, Takahashi-san – dijo Risa, frotándose los brazos. Luego puso su mano sobre la de Ai, y sonriendo, le dijo.-. Pero me alegra que hayas huido de esa casa y que… estés aquí conmigo esta noche. No te imaginas lo que odio estar de camping con mi familia.
- ¿Lo dices en serio? Tu familia parece encantadora – dijo Ai.
- Lo parecen ¿verdad? Pues en realidad no lo son en absoluto – explicó Risa-. Si te contara la de veces que mi madre o mi padre me han hecho llorar… ¡puff! No acabaría nunca. Ellos nunca me han querido, y yo los odio con toda mi alma. Todavía no sé por qué acepté venir de vacaciones con ellos.
- Supongo que sería cosa del destino – murmuró Ai, y Risa la miró y le sonrió-. Tal vez tú y yo estuviéramos destinadas ha encontrarnos hoy aquí.
- ¿Sabes qué? Pienso exactamente igual que tú – sonrió Risa-. Me alegro de haberte encontrado, Ai.
- Digo lo mismo, Risa.

Continuaron hablando hasta altas horas de la madrugada. Compartieron secretos, vivencias, anécdotas. Parecía que se conocían desde siempre. Algo hubo en aquellas palabras que compartieron, pues la velada terminó con los besos más tiernos que Ai jamás había probado. Sobre la cama de la autocaravana, sus labios pasaron a conocerse a fondo. Permanecieron así hasta el amanecer, sin importarles que el cansancio estuviera llamando a sus puertas. Querían experimentar más a fondo aquella sensación que sentían cuando sus labios se rozaban. Les gustaba. Les encantaba.

Ai por fin sentía que era completa y absolutamente libre.